En Urandén, la gente todavía sube por el camino desde el muelle hasta la casa comunal: una obra hecha con cientos de toneladas de cemento entregadas por Carlos Torres Piña y construida con las propias manos de la comunidad. No fue una entrega simbólica ni una obra impuesta: fue un acuerdo que se cumplió, y cuya consecuencia más duradera no es el firme bajo los pies, sino la confianza que persiste.
La palabra que dejó huella
Cuando Torres Piña regresa, lo reciben como quien estuvo, escuchó y respondió con hechos. En la memoria colectiva están las reuniones en la Secretaría de Gobierno, el desazolve de manantiales y canales para rescatar el lago de Pátzcuaro, y la decisión constante de ir al territorio —no esperar a que los problemas lleguen a la capital— para resolverlos con quienes viven ahí. En política, la palabra vale poco si no deja consecuencias. En Urandén dejó un camino y una relación que sigue viva.

